Bitácora del Coronavirus

Día 10 del confinamiento.
Recuerdos…
Es lo que ahora más estamos haciendo los que estamos en el confinamiento por la alerta nacional. No nos queda otra, recordar y salir con nuestras mentes fuera de las cuatro paredes de la casa en la que estamos encerrados, de manera forzada, privados de la libertad, por nuestros propios errores.
Me pregunto ¿cómo lo estarán pasando los que no tienen vida interior? , ¿los qué por primera vez, se están enfrentando a la soledad? , ¿a la privación? , ¿al miedo de no saber que pasará mañana? . También me pregunto por esos otros que jamás han visto sus vidas en peligro por una enfermedad, ¿cómo se sentirán?
A mí no me está afectando en absoluto el encierro y eso que soy alma viajera, que nunca se encuentra quieto, pero mi vida es bipolar; largos periodos fuera de casa con otros mas de confinamiento voluntario. Doy gracias por estar acostumbrado a esto, no debe de ser fácil para un neófito.
Mis miedos han pasado de ser sobre mi futuro a sobre el futuro de “mis” demás.
Mi percepción de la existencia no es la típica del occidental, yo no soy “yo” sino que estoy siendo, y además, no me reconozco como una entidad individual, divisible y autónoma. Yo dependo de mí, pero exactamente en la misma medida, dependo de los demás, de ti que estás leyendo esto, por ejemplo.
Llevo más de media vida con esa obsesión por descubrir “qué” (y no quién) soy… he pasado por muchas etapas, por diferentes estadios y supongo que eso no ha cesado, pero sí que observo que mi existencia, en este aspecto, es como una cebolla que poco a poco, cuidadosamente a veces o rápidamente en otras ocasiones, vas quitando capas y capas para despojar a la cebolla y llegar al centro, supuestamente al corazón de la misma, a su núcleo, a su “importancia”
Capas, capas y más capas; experiencias, momentos, hitos, cambios de dirección, sorpresas, alegrías, dolores, rencores, emociones, y cuanto más vas viviendo, más capas vas quitando, y la cebolla cada vez se reduce en tamaño físicamente, pero las experiencias engordan el otro lado. Y en el proceso, te das cuenta de un detalle: ¿y sí al final son todo capas?, ¿y sí no hay al final corazón, núcleo o importancia?
Estos días de confinamiento nos dan la posibilidad y sobre todo el tiempo de pensar sin ataduras, me quedo mirando mis imágenes del pasado, mis momentos, mis logros y mis perdidas, mis triunfos y mis derrotas, mis penas y mis alegrías y no sé muy bien por qué, me viene a la mente las primeras palabras de un capítulo de la Bhagavad Gita en el capitulo 1 llamado “El desaliento de Arjuna”.
Dice Dhritarastra:
– En el campo de la verdad, en el campo de batalla de la vida, que aconteció Oh Sanjaya!, cuando mis hijos se reunieron para pelear en el campo de Kuruksetra? –
Y tras ese comentario, se inicia un texto que muestra la vida en su esencia contado por Krishna, que se ha aparecido al hasta ese momento valiente príncipe Arjuna en su carro, que en un acto humano, se desalienta y se desploma en el suelo preso de la tristeza y el miedo por lo que va a acontecer. Mientras que en el auriga que posee, Krishna, observa a los 5 caballos que tiran del carro, mientras Arjuna, está inmovilizado por la situación. Su arco que tantas batallas ha ganado, esta en el suelo junto a él y por primera vez, no se atreve a entrar en ese combate. El combate de la vida.
Para muchos, es un texto lírico de la antigua India, pero para el que ve más allá de las palabras, más allá de todo lo que los sentidos pueden percibir. Ve en Arjuna al ser humano, y el campo de batalla como el campo de la verdad, de la vida.
La imagen para el qué es hábil en el entendimiento es la siguiente: En el auriga, están Krishna y Arjuna; Krishna lleva en sus manos las riendas de los 5 caballos que tiran del Auriga, él no lucha, no va a luchar, mientras que Arjuna está a su lado, lleva el arco, con el que tiene que luchar. El campo de batalla que tienen enfrente es el mundo, la vida, las experiencias, nuestra realidad y el carro tirado por 5 caballos, que son los sentidos con los que todos nosotros vemos y experimentamos ese campo de batalla metafórico; Vista, oído, olfato, gusto y tacto. Esos 5 caballos (sentidos), son los que nos hacen experimentar el mundo en el que vivimos.? Sí no tuviéramos esos sentidos, ¿cómo experimentaríamos la vida? ¿qué es lo queda?
Queda un acompañante; LA MENTE.
La mente siempre viaja con los sentidos, y esa mente debe de acompañar a los sentidos para que podamos experimentar. ¿Cuántas veces por ejemplo alguien nos está hablando, pero si la mente no está atenta, sencillamente no escuchamos nada?
De manera, que estos sentidos que tengo son los que a cada instante están construyendo a “cada instante” este mundo tan… “Real” y tan “Físico” pero que si lo meditas bien, no es otra cosa que la experiencia de tus sentidos, y SOLO dependiendo de como esté mi mente, de como en ese instante mi mente acompañe a mis sentidos, mi “mundo”, ese campo de batalla, estará de una manera u otra. Según mi mente, las percepciones pueden ser de algo precioso o algo desagradable. No depende de lo que vea, escuche, huela, deguste o toque; ni siquiera dependerá de como lo experimente cada uno de los sentidos, sino que dependerá de mi MENTE de como “coloree” esas experiencias para que las interpretemos de una u otra manera… de muchas maneras.
Las riendas… esa parte que está antes de la propia mente; el intelecto, esa parte luminosa de la mente, que puede, al tener conocimiento, discernir, decidir y expresar el conocimiento y esas riendas manejan el auriga “nuestro cuerpo”.
Y ¿qué hay en el carro? Dos personajes; ¿dos entes en el cuerpo?
Arjuna, que representa la conciencia de qué soy, y quien soy yo, el ego. Y ese personaje, si recuerdas es el que lleva el arco, es el que lucha, el que actúa…
Y ¿quién hay al lado?
Krishna, que no lucha, que no actúa en la batalla, solo lleva las riendas… es el TESTIGO la conciencia pura, esa parte de todos nosotros que SIEMPRE ESTÁ, y es libre, que todos queremos conocer. Que no tiene NADA QUE VER con Arjuna (ego) pero que lo acompaña toda su vida. Esa entidad o conciencia “única” que tienes tú, yo, todos. Esa conciencia o entidad única y universal en todos, que poseemos, esa entidad siempre perfecta, no tocada, plena en si misma, indescriptible, independiente del personaje…
Entonces ¿qué ocurre cuando Arjuna descubre que a su lado tiene a Krishna?, ¿qué en el carro existe esa conciencia?
Es entonces cuando entiende que… habla sin hablar, que escucha sin escuchar, huele sin oler, toca sin tocar, degusta sin degustar que lucha sin luchar.
Y este es el gran misterio del texto de la Bhagavad Gita, que de una manera perfecta, profunda y mágicamente esclarecedora en la forma de Krishna, le explica a Arjuna, como debe de comportarse ante la vida.
Un texto que muestra la cultura védica, en mi opinión la base filosófica y tronco de muchísimas religiones como el Budismo y otras más (incluido el cristianismo, ¿por qué no?) puesto que la cultura védica es anterior a todas ellas.
Ahora, en este confinamiento obligatorio, aprovecho y en esos momentos de maravilloso silencio que nos regala esta adversidad, puedo cerrar la puerta de mi “exterior” subirme al carro, dejar el arco a un lado y observar como esa entidad, esa conciencia que en la Gita se materializa como Krishna, se comporta manejando a los 5 caballos y al carro…
Ahora, sí algún día lees la Bhagavad Gita, ya no lo entenderás igual, sino que si tienes un poco de visión, cuando leas el texto te verás a ti mismo en tu día a día, luchando con tus sentidos en este campo de batalla de la existencia mundana, mientras tu conciencia pura te acompaña.

texto recapitulado con ideas de un textos editado.

Esto no es una queja… aunque te suene así..

[7:42 PM, 3/16/2020] Angel BH: No tienes ni la más remota idea de lo complicado que es para mí hacerme tiempo para verte, y no es reclamo, es solo que no lo sabés y tampoco es que quiero que lo tengas es cuenta, es que esta es mi lucha, esta es la forma en la que vivo, decido destruir el mundo para poder hacerme tiempo y estar contigo, y es que me parece tan bizarro que al final del día, teniendo en cuenta lo que hice, seas tu el que lance palabras tan afiladas haciéndome sentir que soy yo el que debería esforzarse más, cuando eres tú el que no está moviendo ni un dedo y esperas que me acople a su ritmo! Joder y es que no quiero que esto suene como una queja o un reclamo, solo quiero decir que me estoy rompiendo el alma para poder lidiar con toda la mierda de mi vida y aun así, cuando estoy contigo poder ser el chico tonto que tanto me gusta ser, es que quiero ser un tonto despreocupado a tu lado, quiero que mi única preocupación sea que película veremos o que vamos a comer.. Quiero dejar de pensar en el mundo mientras me abrazas, solo quiero respirar lento mientras huelo tu aroma, joder por que tengo que ser yo el que tiene que luchar por que la mierda no te toque.. Joder.. Por que no puedes entender que me estoy desmoronando y que tu no me estas apoyando, soy yo el que toma lo poco que me das y lo hace grande, soy yo el que está haciendo que tu compañía valga la pena y me duele.. Por que no sé si esto sea cierto.. O si mi mente de nuevo me juega trucos baratos haciéndome que huya de las cosas buenas que me pasan!

No espero nada de una relacion?

Cuando me preguntan qué es lo que espero de una relación, me gusta responder que no espero nada, porque realmente es así, no espero nada, porque una relación no se trata de esperar o de pedir, sin embargo, bien es cierto que me gustaría estar con alguien que entendiera esto, que supiera a ciencia cierta que no se trata de dar, sino de compartir, y definitivamente si no tienes nada para compartir, valdría la pena aclarar que no estas listo para una relación, y es que el principio básico para compartir tu vida con alguien es que sencilla y claramente tengas una vida que compartir, y aquí es donde las cosas se vuelven difíciles, porque cada uno de nosotros tiene conceptos diferentes de lo que tienen y de lo que puedes compartir, por ejemplo nos topamos con los soñadores, que comparten su amor propio hasta el límite de quedarse vacíos, tenemos a los exigentes que no pueden compartir nada, pero exigen que se les dé todo sin mover un dedo, y por otro lado estamos los que entendemos que el amor  es dejar pasar a todas las personas que no están listas para amar, y es que sí, para amar tienes que estar listo, tienes que entender qué es lo que quieres del amor, tienes que sentir amor en tu cuerpo, en tu corazón en tu mente, y es que yo soy de los que apoya el tan parafraseado discurso en el cual se especifica que “Para amar a otro debes amarte a ti mismo”, y es que cómo vas a saber que es el amor, cómo conocerás o reconocerás el amor de otros, si no reconoces el amor en ti, cómo sabes que lo que sientes es amor, cómo podrías asegurar que lo que otro dice que siente es real, y de nuevo el tema se vuelve confuso, ¡lo ven!, iniciamos diciendo que no queríamos nada, y ahora tenemos una lista de detalles y letras pequeñas en las cuales se especifica que uno no tiene por qué pedir nada, que uno no tiene que hacer proezas para merecer amor, que uno no debe demostrar amor( demostrar en el sentido de convencer al otro) porque así es esto, uno no tiene que convencer a nadie de lo que uno siente, uno no tiene por qué sentirse obligado a demostrar su amor de la forma que el otro exige, y es que uno no tiene que actuar por miedo a perder el amor del otro.. y es que joder… en qué mundo vivo, si desde hace 30 años me han dicho que lo que yo creo está mal, que debo ser yo el que se debe adaptar… estoy cansado, de verdad estoy cansado, y días como hoy inicio hablando seguro de lo que creo que es el amor, y termino creyendo que soy el único loco que quiere vivir sin miedo a saber si el otro lo quiere o no, solo disfrutando de la compañía de otro, aceptando las cosas buenas que tiene para darme sin tener que preocuparme de sus problemas, porque sus problemas son eso, cosas que él debe solucionar, y sí lo necesita podrá pedirme ayuda, contarme, apoyarse en mí… saber que no está solo.

Hay mucha luz.!

Hay mucha luz. Pienso que estoy de cabeza, pero no tengo forma de saberlo. Siento que abro los ojos, pero no puedo ver. El mundo se pintó de blanco y no deja de brillar. Veo un objeto, lo distingo, lo reconozco, pero no lo puedo nombrar. Es algo, pienso dentro de toda mi confusión, es algo. Hay una ventana, parece un triángulo, pero tiene cara de ventana. Necesito salir, algo malo ocurrió. ¿Cómo salgo de este predicamento? ¿Cómo le hago para no estar de cabeza? Necesito salir. Hay una ventana, necesito ver si no hay cristales, la tengo que abrir. ¡Necesito salir! Hay pavimento del otro lado de la ventana, me puedo arrastrar. Es una calle. Tengo que salir de la calle por si viene otro carro y no nos ve aquí tirados. Tengo que salir.

Juguemos a recordar. Creo recordarlo todo, pero los detalles se me escapan como arena entre las manos. Como la marea golpeando la tierra. Mi mente es un cañón víctima de la erosión.

Había demasiada luz. Recuerdo la luz. Estaba preparado para todo menos para despertar. No estaba listo para lidiar con tanta luz.

Recuerdo el tipo y el color del carro. Recuerdo que íbamos camino a casa de Luis. Recuerdo que llegaríamos hasta la puerta de su casa, pero no llegamos. Recuerdo la forma asustada en la que soltó el volante para cubrir su rostro con sus brazos. Recuerdo saber que estábamos perdidos desde antes.

A veces creo recordar el chillido de las llantas al patinarse, cuando estoy viajando en auto estoy seguro de que lo recuerdo. La primera vez que lo escuché casi sentí que el conductor soltó el volante como ella lo hizo ese día.

Creo que sentí miedo. No estoy seguro. Es difícil que olvide el miedo, pero no recuerdo si lo sentí ese día. Pienso que sí, puesto que no es cualquier cosa saber que el conductor perdió el control a una velocidad, que no recuerdo pero que por alguna razón tengo la certeza de que era alta. Me dijo la mamá de uno de mis compañeros que cuando llegó al lugar del accidente le dije que íbamos “en chinga”. No tengo razón para dudar de su palabra, pero esa expresión la desconozco, no es mía. Hay situaciones extraordinarias que ameritan el uso de frases que no acostumbras, tal vez eso fue lo que ocurrió.

Recuerdo la mañana, ocho años después, en la que mi hermano me llamó de forma atípica a las cuatro o cinco de la tarde.: ¡Angel… me escuchas… mi abuelita murió… vamos a ir a casa de mi tía a ver que paso! No escuché la llamada que le hicieron a mi novio para avisarle de mi accidente, pero he pensado en ella muchas veces e imagino que fue similar a como me lo dijo mi hermano esa mañana.

No me podía comunicar con mi novio, no había buena señal. La llamada que salió fue a un amigo, ese día tampoco pude localizar a mis papás. No recuerdo mis palabras exactas, pero le dije: Tuve un accidente, estuvo un poco feo pero estoy bien. No me puedo comunicar con “xxxxxx”, estoy fuera del estado, avísale por favor. Estoy bien.

Buscábamos un taxi. Estábamos a unos días de terminar un semestre más, teníamos un trabajo final y varios exámenes por delante. Era un trabajo para la materia lenguaje y redacción II, íbamos a grabar un programa de radio. Ese día yo no iba a estar con ellos en clases y nos veríamos por la tarde en casa de Luis. Durante mi entrenamiento recibí un texto “Estamos acá, te vemos a tu salida para irnos juntos”. No pensé verlos tan temprano, mucho menos viajar en el mismo carro. Tenía quien me llevara a casa de Luis después de entrenar, porque yo casi nunca me iba en los camiones. Ya le había dicho a un compañero que me diera un aventón a casa de Luis, pues él vivía por la misma zona. Le cancelé al leer el texto, ahí estaba yo, con Octavio y Luis, esperando un taxi.

Octavio y Luis eran mis mejores amigos. El primer de día clases en una escuela nueva siempre es complicado. Había quienes se conocían de la secundaria y estábamos unos cuantos que no conocíamos a nadie. También estaba el gran grupo que venía de la prepa local, tal vez antes no todos eran amigos, pero ahí hicieron un grupo en el centro de cada clase. Yo me sentaba en una esquina, adelante a la derecha. En un cambio de clases vi a Octavio y a Luis platicando y me impresionaron, en ese momento quise ser su amigo. Octavio se veía desenvuelto, sin importarle lo que pensaban los demás de él, confiado, seguro y chistoso. Luis se veía un poco más retraído, pero reía de una forma contagiosa y agradable, tenía una postura de alguien que tiene ideas traviesas y usaba lentes que lo hacían ver inteligente. La combinación me atrajo y actué contra mi naturaleza al llegar, presentarme y no despegarme de ellos. Quería ser su amigo y lo fuí.

La solíamos ver en la cafetería del colegio, sólo uno de mis amigos la conocía, los demás la ubicábamos de vista. Aunque estábamos en una escuela grande los rostros de la mayoría se te quedaban. Cuando llegamos al sitio de taxis vimos al último irse, nos dijeron que teníamos que esperar y en eso pasó ella. No recuerdo su nombre, tampoco recuerdo su rostro. Creo que tiene cabello negro. Luis se acababa de mudar y todavía no se aprendía cómo llegar a su casa, ese residencial es un laberinto. Se detuvo en un pointer azul y ofreció llevarnos. Creo que no querían, Luis decía que no sabía llegar a su casa y ella no conocía la calle. Había ido unos días antes a la casa de Luis y recordaba el camino, ese fue mi error. Les dije a todos que sabía cómo llegar y les insistí que nos fuéramos con ella. Creo que nadie quería y yo insistí. Unos meses después no podía verlos a los ojos, aún no puedo, me siento culpable.

Recuerdo a Luis sangrando en el piso. Se veía asustado y confundido. No hablaba, pero gemía de dolor. Movía las manos intentando asir algo, tal vez buscaba encontrarle sentido a la situación, tal vez buscaba agarrar un poco de alivio. Me recosté a su lado e intenté hablarle para calmarlo. No sé si me escuchó, pero cuando le dije que no intentara levantarse y que estaría bien se tranquilizó un poco. Me gusta pensar que tuve que ver con eso.

Recuerdo a Octavio, fue el que terminó más alejado del carro. No se movía, quise acercarme, pero yacía en el suelo inerte y no pude acercarme más. ‘Está muerto’ pensé. Estaba lejos del carro, era evidente que había salido disparado, y no se movía, los demás se movían y no me podía acercar a él. Me quedé congelado viéndolo a un par de pasos de distancia y me di la vuelta. Sé que no hubiera podido hacer nada por él pero nunca me perdoné darle la espalda. Uno debe estar con los amigos en todo momento, especialmente en los complicados y yo le di la espalda a mi amigo, lo di por muerto y me fuí. Lo abandoné. Después me dirían que lo más probable era que Luis y yo, que estábamos sentados atrás, lo terminamos sacando del carro mientras giraba con nosotros adentro, recuerdo que alguien me dijo que lo habíamos empujado a través de una ventana y que el carro le había pasado encima. Octavio estuvo un mes en coma, creo que fue un mes, no recuerdo bien. Recuerdo la actitud positiva de su mamá a pesar de que le habían dicho que no sobreviviría. Ella tenía fe, yo me sentía fatal, había perdido la mía. Varios años después Octavio me reclamaría que lo abandonamos y lo cambiamos por su hermano gemelo, no pude decirle que no podía estar con él porque no podía verlo sin sentirme culpable. Lo volví a abandonar. No podía ver a Octavio sin recordar ese momento en la calle en el que él estaba en el suelo y yo lo dejaba, no podía ver a Luis sin pensar en él sangrando en el suelo a mi lado, no podía verlos sin pensar en que yo los subí a ese carro y me alejé de ellos.

No sé cuántos meses después un maestro nos muestra un video de personas que han sobrevivido accidentes automovilísticos. Recuerdo los respiradores y las sillas de ruedas, no recuerdo mucho más. Octavio y Luis todavía estaban en el hospital. Yo traía un collarín y me sentía mal. No aguanté el video y salí del salón. Me desmoroné en el pasillo apenas librando la puerta del salón. No sabía si correr o gritar y me dediqué a llorar desesperado. De ese salón salieron tres personas detrás de mí para abrazarme. Esas tres personas se quedarían a mi lado por muchos años. En los meses que siguieron perdí a muchas amistades. Me encerré y me volví una persona triste, confundida y enojada. No cualquiera aguanta eso y por eso atesoro a esas tres personas que soportaron momentos difíciles conmigo.

Aún hoy suelo escuchar un grito. Ese día hubo muchos gritos. La chica que conducía gritaba mientras girábamos dentro del carro. Estaba cerca del carro y sangraba un poco de la frente. Gritaba histérica y lloraba. Luis era el más cercano yo me dirigí a la banqueta. No podía respirar. Cuando salí del carro y me incorporé sentí que un elefante me había pisado el pecho. Dentro del carro me sentía entero, una vez de pie todo me dolía. Me faltaba el aire y no lograba inhalar suficiente para remediarlo. Vivir puede llegar a ser doloroso, pero nunca antes había sido tan gráfico y literal como en ese momento, cada que respiraba era una batalla. No tuve mucho tiempo para enfocarme en lo que me dolía. Una vez en la banqueta giré la cabeza y vi la escena completa. Frente a mí tenía el carro de cabeza. Cerca del carro estaba la chava gritando. Un poco más arriba, pero cerca de donde me encontraba, estaba Luis en el piso moviéndose como un pez fuera del agua haciendo sus últimos esfuerzos por respirar o regresar al agua. A varios metros de distancia estaba Octavio. El segundo grito que escuché fue de una señora que vio el accidente y subía corriendo hacia nosotros, nos dijo que era doctora y que ya le había hablado a una ambulancia. De arriba bajaba un señor que nos dijo que era paramédico. Alguno de ellos me dijo que me acostara y no me moviera. Me acosté junto a Luis. El grito que no olvido, el que me ha acompañado por años, fue el de la mamá de Luis. Llegó al lugar del accidente y gritó como grita una madre asustada, horrorizada, incrédula, llena de dolor y de un no sé qué que me eriza la piel y encoge el corazón. Su segundo grito fue una pregunta “¡Bahena! ¿Qué pasó?” no le pude responder. ¿Qué se dice? Empecé a llorar porque después de eso vio a Luis, aunque tal vez ya lo había visto, no recuerdo bien. Ese grito me ha despertado muchas noches.

Una vez dejé a un novio porque no entendía lo que yo sufría. No me podía ayudar de la forma que yo esperaba y terminé nuestra relación. He sido injusto con las personas, lo sé, ha sido por mis circunstancias, no es excusa mi vida es lo que es y he vivido las consecuencias de la mayoría de mis acciones. Quería a esa persona, pero no era lo que necesitaba. Espero de todos cosas, que muchas veces no pueden cumplir, es como una forma de asegurarme de que fracase nuestra relación. Nadie es para siempre. Quería que me curara, que me ayudara, que me librara de toda la culpa y la confusión. Después de él, dejé de esperar eso de las personas. No me gusta que las personas quieran llegar a salvarme. No me gusta que me digan que no es mi culpa. No me gusta que me quieran ayudar cuando no he pedido su ayuda. No me gusta que me vean como a una persona dañada, aunque lo estoy, me esfuerzo mucho por mantener cierta imagen y cohesión como para que no insistan en ver lo que hay debajo del cofre.

No sé cuánto tiempo pasó, pero se sintieron como horas. Me dediqué a responder preguntas. ¿Cómo te llamas? ¿Cómo se llaman tus amigos? ¿Cuántos años tienes? ¿Cuántos años tienen ellos? ¿En dónde vives? ¿Qué ocurrió? ¿Quién iba manejando? ¿Adónde iban? ¿Cómo se llaman sus papás? ¿Tienes sus números? Las mismas preguntas una y otra vez. Se acercaba una persona con una libreta, repetía las preguntas, anotaba mis respuestas, se iba y llegaba una persona nueva. Pude hablar con mi Novio, le dije que el accidente había estado fuerte, y le pedí que llegara rápido. Los detalles son un poco confusos. después hablé con mi mamá y procuré mantener tranquila mi voz, después me diría que se notaba en mi voz que algo no estaba bien, le dije que habían llegado las ambulancias, que se apurará por favor, no me quería ir solo. Llegó justo cuando me tenían inmovilizado y amarrado a una camilla listo para llevarme al hospital. Es difícil ver a tu novio en momentos como ese, te tranquiliza saber que está ahí y al mismo tiempo te desgarra verlo preocupado. No sabría que hacer si hubiesen sido mis papas los que estuvieran ahí. No quieres ser una fuente de angustia, pero desde que naces viven preocupados por ti. En ese momento pensé en el rostro de mi mamá, decidí que pasara lo que pasara haría todo lo posible por disminuir su preocupación. Decidí que tenía que ser fuerte por ellos y por mí.

Tengo un primo que en esa época era paramédico de la zona en la que ocurrió mi accidente. Ese día, a esa hora, no estaba en servicio. Los paramédicos que llegaron al lugar del accidente eran sus compañeros. En la ambulancia el que me estaba revisando me preguntó varias veces si nos conocíamos, mi rostro le era familiar. Dos días después ese paramédico le preguntaría a mi primo si un familiar suyo se había accidentado. Mi rostro le era familiar porque conocía a mi primo. No sé cuántos años después mi papá estaría hablando con la esposa de un amigo del trabajo y saldría a la plática que una vecina suya, una doctora, había visto a unos jóvenes tener un accidente en la entrada a la ciudad y se había detenido para auxiliarlos. El mundo es muy pequeño.

El accidente fue el 4 de diciembre de 2009. Mi primera cirugía fue el 11 de agosto de 2010. La segunda sería hasta el 22 de febrero de 2011. La tercera no sé cuándo paso. Para llegar a eso tuvo lugar un largo peregrinar. En el hospital me revisaron la espalda, me pusieron un collarín y me inyectaron un analgésico. Me dieron de alta ese mismo día. Fueron varios meses de martirio en los que los doctores, pagados por el seguro del automóvil, me regañaron por hacerme la víctima ya que yo no tenía nada. Después de ese regaño decidimos probar y me fui a entrenar. Casi me desmayo, estaba blanco y decidimos que buscaríamos otras opiniones porque claramente no íbamos a sacar nada bueno de esos doctores que tenían la consigna de gastar lo menos posible. Un doctor se dio cuenta de que me había fracturado unas costillas y que tenía desgarrado el músculo pectoral, por eso no podía respirar bien. El sexto doctor que vimos se dio cuenta de que algo no estaba bien en mi cuello. A ese doctor lo apodamos el carnicero, quería introducir una barra del largo de mi columna y unos ganchos para que funcionaran como una nueva columna, era una cirugía monstruosa que limitaría demasiado mi movilidad y mi vida. Creo que fue el octavo el que nos dio confianza. Tenía una fractura de compresión en una vértebra torácica, había pasado mucho tiempo y sanó mal, no se podía hacer nada, esa lesión me dolería toda la vida. En el cuello había daños a mis discos intercervicales y me mandó a terapia de rehabilitación. Llegó el día en el que tuve que decidir entre más terapia o cirugía. El doctor recomendaba continuar con la rehabilitación, mi novio también quería eso, pero yo ya no aguantaba. Me la vivía de malas, no podía hacer nada, llevaba meses usando el incómodo collarín duro. Escogí la cirugía con todo y los riesgos, los comprendía, pero era mejor enfrentarlos que continuar así.

De la primera cirugía recuerdo poco. El anestesiólogo me preguntó si estaba nervioso. Mi mamá me visitó en el preoperatorio y después me pidieron contar del diez al uno, llegué al ocho o al siete. Recuerdo el miedo que sentí en la segunda cirugía. Fue diferente a la primera, en la primera no tenía idea de nada. En la primera el dolor era tanto que la vida llegaba a mí silenciada, como atrapada detrás de una pared, sonando a través del piso como el corazón delator de poe. Para la segunda también hubo todo un recorrido y algunos obstáculos, pero lo arreglamos todo y estaba agendada un 22 de febrero. el 21 me despertó mi mamá y un rato después estábamos en urgencias del hospital de “xxxxx” en “xxxxxx”. Era irreal. Mi madre estaba desencajada y mi abuelito estaba ahí, tranquilo.

Recuerdo cuando tenía el cerebro inflamado y no podía caminar ni articular palabras con facilidad. Todo era lento, no difícil sólo lento. Tuve que ir con un foniatra a que me enseñara a hablar sin perder la voz. “ma, ma, ma, me, me, me…” Un amigo quiso enseñarme a ser más sociable. Lo intentó, pero el convivir con personas es un arte que debe practicarse, hay a quienes se les da con facilidad y estamos los que sufrimos el socializar. Los abrazos me incomodan si no le tengo mucha confianza a esa persona, con todo y confianza el cariño me sabe raro. No sé si todo sea consecuencia de lo mismo, pero siento que si las sigo hasta su origen llegaría al mismo lugar.

La segunda cirugía tuvo un halo de muerte desde que empecé a sentir que sería necesaria. Uno conoce su cuerpo y en mi caso sé cuándo son cosas sencillas que no requieren de mucha atención o cuándo es necesario ir al hospital. Empecé a tener los primeros síntomas de dolor, que se distinguían del dolor que me acompaña todos los días, y entré en negación. Cuando vives con dolor crónico aprendes a bloquearlo, es como el gis que acompaña al sonido de un vinyl, se vuelve parte de la mezcla y lo aceptas como un elemento positivo. El dolor tiene utilidad y no siempre es un detrimento. Había aprendido a vivir con mis molestias y me decía que el que doliera significa que mi cuerpo grita ¡vives! Los malos días son porque algo provocó que las molestias subieran uno o varios niveles, y si no ubicas la causa te preocupas. Empiezas con dolor fuera de lo normal, luego tienes temblores esporádicos en tus extremidades, después hay rigidez y un día todo eso no es intermitente, es constante y no lo puedes ignorar. Un día no pude caminar bien y decidí que no debía seguir. Sabía lo que vendría por eso no quería ir al doctor, aunque mis amigos insistían. Algo no estaba bien, no iba a ser como la primera vez.

De todo esto me quedaron muchos temores. Conciliar el sueño me provoca ansiedad, ir en bus me asusta y viajar en un carro como pasajero me altera más. viajo porque es necesario, es una forma de enfrentar mis miedos; Estar en carretera es un tipo de rebeldía que me devuelve un poco de control. Me gusta volar, aunque sienta pavor al despegar y aterrizar. Disfruto mis sueños, aunque muchas veces sean pesadillas.

Decidí no cancelar la cirugía, no quería esperar un segundo más. Me tocó irme solo al hospital al día siguiente, no fue lo ideal pero las circunstancias lo exigían. Mi mamá y una tía me ingresaron temprano mientras mi novio iba a una reunión importante de trabajo. Se acercaba la hora de la operación y él no llegaba, me preocupaba entrar al quirófano si verlo porque no lograba sacarme de la cabeza la idea de que podría ser la última vez que lo vería y no quería irme sin “despedirme”. Por supuesto que no le dije eso, llegó justo cuando me llevaban al pre-operatorio. Que hubiera tenido que correr de la junta al hospital no era lo ideal pero así fueron las cosas.

El postoperatorio fue confuso, desperté aturdido y escuchaba que me decían que me tranquilizara, escuchaba que tenían que subir mi temperatura. Había mucho movimiento, veía manchas en vez de personas y todos se escuchaban lejanos, vi a mi abuelo junto a mi cama observando la escena, me concentré en él y todo se puso negro. Nos diste un susto, me diría una mujer cuando lograron estabilizarme. Sentía que un tráiler me había arroyado y tuve espasmos en la noche. Mi mama lloraba. Nos diste un susto, me diría el doctor al día siguiente. No fue una recuperación sencilla y todavía me tiene intranquilo esa escena después de la cirugía. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué fue lo que vi? Mis recuerdos están llenos de fantasmas, de lo que fue, lo que pudo haber sido y la culpa de la que no me puedo librar.

He cometido muchos errores y me he perdonado muchas veces, pero es diferente cuando tus decisiones afectan de forma tan dramática la vida de otras personas, esa culpa es única. Tomar decisiones no ha sido sencillo desde ese día. Nadie te enseña a decidir, así como no se te enseña a fracasar. Ese día, cuando ella soltó el volante, me preparé para morir. vi el muro de contención y lo hice, el carro empezó a girar y me despedí. Creo firmemente que mi vida tiene un antes y un después. Estoy convencido de que dos personas han compartido una misma vida. Está la persona que era antes de 2009 y está la persona que ha vivido esta vida después de ese año. Sentía que había llegado a una vida que ya estaba empezada y que las personas esperaban que me comportara de la misma forma. He reconstruido muchos recuerdos de una infancia que no recordaba, pero me sé cómo una persona diferente. Me sentía como un extraño en mi propia vida, todo me era ajeno. No pertenecía.

—¿Están bien? —Pregunta una voz a la distancia.

Hay mucha luz. Creo que estoy de cabeza, pero no lo puedo comprobar.

—Sí —Le respondo a la voz —. Hay que salir de aquí.

Recuerdo que estoy dañado y que aún no logro salir. La luz es excesiva y no estoy preparado para lidiar con ella. No sé cómo salir.

6. El camino del ciempiés [Análisis de Personaje: Ken Kaneki, de “Tokyo Ghoul”]

Comentando movidas

Por muy interesante que sea la trama de una historia, si el protagonista no está a la altura o es demasiado genérico resulta difícil que llegue a convencernos. Es por eso que solemos valorar más a aquellos personajes que evolucionan junto a los eventos del argumento, porque solo así podemos sentir que lo que se nos cuenta tiene un peso real en la vida de aquellos a los que involucra. El llamado “desarrollo de personaje”, cuando se realiza adecuadamente, es un recurso vital que enriquece toda ficción, pues gracias a él los personajes de una obra adquieren mucho más realismo al reaccionar a lo sucedido, cambiar de opinión, elaborar otra forma de pensar… como si de verdaderos seres humanos se tratasen. Aún así, es común seguir encontrándonos con protagonistas unidimensionales que se mantienen estoicos y perfectos de principio a fin, sobre todo en el mundo del manga y el…

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Just growing.!

You ask me what made me this way and I say life. You laugh as if I told a joke. You say no one is born broken. I disagree. Did you know the ancient Greeks believed that humans were born with four arms and legs but then Zeus, the God of lightning split us in half? Maybe that’s why we’re all so lonely. We are part of an incomplete puzzle and don’t even know it. Do you think we’ll survive the next ten years? See, being like this forever is my biggest fear. I thought it would get easier with age. You say that nothing is easy. I agree. Life is like a long road through treacherous terrain and I’m not sure the journey is worth the pain but I want to believe it gets better. I want to believe that all the agony adds up to… something. Open your palm one day and see new wrinkles in the skin. Roll down the windows of a moving car and feel the wind in your hair. My six-year-old self had so much hope inside he. Hope for a better breakfast, a better sun, a better radio song. Where did all that hope go? Is it even worth it anymore? You say worth is in the eye of the beholder and have you ever tasted chocolate-coated pretzels? There then, that’s something to look forward to. Something to stick around for. We all need something, don’t we? But that’s ok. You’re smiling. I ask you what made you this way. And you say no one is born broken, we are just growing.

Mi proceso en terapia.!

Hace aproximadamente 10 años, comencé mi proceso terapéutico. No sabía qué esperar, sólo sabía que algo no estaba del todo bien dentro de mí y quería sentirme mejor. Al ser estudiante de la carrera de psicología, es recomendable que los alumnos tomen terapia, y yo seguí dicha recomendación, así inicié en ese camino de autoevaluación. Recuerdo que la terapia en ese momento fue un proceso catártico y liberador; conocí bastante acerca de mí y de mi entorno. Las sesiones me ayudaron a entender el origen de mi personalidad ansiosa, exigente y perfeccionista.

Descubrí que provengo de una familia disfuncional, que se desenvolvió dentro de altos niveles de violencia, tanto directa como pasiva. De igual manera, me di cuenta de que había vivido con niveles de ansiedad considerables desde que era pequeño, que tenía una gran necesidad de ser reconocido y que me daba miedo el rechazo, por lo que siempre buscaba agradar a los demás evitando el conflicto. Supe que había aprendido a relacionarme de manera codependiente al amar, es decir, viví el lado oscuro y destructivo del amor.

A lo largo de mi vida conocí a quien después sería mi esposo. Un hombre con un par de años más que yo. Ningún hombre me había llamado la atención de esa manera. Es un hombre guapo y, sobre todo, interesante. Nos hicimos novios, nunca me había sentido más enamorado y comprometido con alguien en mi vida. Los dos estábamos tomando terapia y teníamos claro los patrones que no queríamos repetir de nuestras familias de origen. Ambos teníamos padres tóxicos por lo que hablamos de la importancia de dejar atrás ese aprendizaje. Teníamos una comunicación profunda y honesta. Éramos un buen equipo; tiempo después, un 2 de diciembre, nos casamos. Yo estaba convencido de que nada sería más fuerte que el amor entre R y yo. Mucho tiempo fuimos felices. Sin embargo, después de 4 años de casados, “algo” empezó a no estar tan bien, tuvimos una crisis importante. Yo quería mudarme para aprovechar una oportunidad laboral, pero al hablarlo con él, tajantemente dijo que no aceptara, pues eso ocasionaría el fin de la relación ya que R me había dejado claro que él no se movería de estado por la comodidad que tenia en su trabajo actual. Me quede, sin embargo, esto provoco una serie de problemas y complicaciones, pues algo tan profundo como esta decisión tan importante en pareja se quedó inconclusa y, años después, como todos los conflictos latentes y sin enfrentar, nos estalló en las manos, como una granada de guerra.

Te cuento todo esto porque cuando empezó la crisis de la que te hablo, yo veía que él se comportaba conmigo de la misma manera como yo notaba que sus papás se trataban, es decir, agresivamente; o bien, me ignoraba como su padre solía ignorar a su mamá. Me sentía como cuando vivía en casa de mis padres. Mi madre solía dejarme de hablar y mi padre era muy violento. En esa época el empezó a decirme todo el tiempo: “Eres igual de egoísta que tu mamá”, y yo noté que casi todo el tiempo que pasábamos juntos él estaba de mal humor; que cada vez se desesperaba más cuando me equivocaba o cometía una imprudencia, y lo que antes le parecía divertido de mi personalidad le generaba tensión y ansiedad. “No me grites”, me pedía todo el tiempo, sin que siquiera yo hubiera alzado la voz. “No me dejes hablando solo”, yo le pedía cuando él se daba la vuelta a media discusión.

Nuestra maravillosa historia de amor se estaba quedando atrás. Él se sentía ignorado e injustamente tratado y yo me sentía igual. Nada era suficiente. Ambos nos esforzábamos al máximo, pero no era suficiente para ninguno de nosotros, éste era el problema de raíz en nuestra historia. Los últimos meses de matrimonio fueron difíciles. En apariencia todo lo que habíamos construido a lo largo de los años de relación de pareja se estaba derrumbando. La fortaleza que habíamos ido consolidando se caía como si fuera un castillo de naipes. En terapia ambos estuvimos de acuerdo en orientarnos hacia la separación definitiva. Ninguno de los dos sentíamos que el otro estaba comprometido con el matrimonio. Lo más curioso de todo es que compartíamos el mismo sentimiento: nos sentíamos poco valorados, que nuestro esfuerzo no era tomado en cuenta y con la sensación de no ser “suficientemente buenos” para el otro.

En ese momento me di cuenta de que todo lo que creí superado —mis miedos, los patrones disfuncionales de relación interpersonal que aprendí en mi familia de origen, la agresión pasiva, la manera patológica de expresar el amor— estaba ahí, enfrente de mí, rompiendo lo que más quería: mi matrimonio. Finalmente, después de un proceso doloroso para ambos, nos divorciamos en noviembre de 2012. Sin duda, ha sido la pérdida más fuerte que he experimentado y la sensación de fracaso más profundo que he vivido. Yo había encontrado el amor de mi vida y yo había firmado un divorcio terminando esa relación. Los dos estábamos lastimados y parecía que no había nada que hacer. Había fracasado en el proyecto más importante de mi vida con el hombre que más he amado.

Fue entonces que mi verdadero proceso terapéutico inició. Me sentía roto. Regresaron a mí las mismas sensaciones que me acompañaron en la infancia. Me sentía “estúpido”, “insuficientemente bueno para ser feliz”, “poco hombre” y una “mala persona”. En terapia, P (mí terapeuta) me ayudó a ver que lo que estaba sintiendo era algo que había experimentado antes y que por eso era tan doloroso, pues me conectaba con heridas profundas que había adquirido en la infancia. A raíz de mi separación con R, en este proceso terapéutico, entendí a fondo el abuso que sufrí en mi familia por parte de mis padres y comprendí, de alguna manera, que yo estaba imposibilitado para ofrecer una relación sana, ya que no la viví de niño.

En esa época sentía que no podía respirar. Sentía que el pecho me iba a estallar. Empecé a experimentar crisis de ansiedad y unas ganas incontrolables de llorar. Sólo pensaba en ir a la casa de R a decirle que lo adoraba y que quería regresar con él. “¿Para qué?”, me confrontaba P. “¿Qué le vas a decir que no le hayas dicho ya y que pueda cambiar el rumbo de las cosas?”, “Necesitas soltarlo y dejar que encuentre su felicidad”, me repetía tajantemente. Entonces me derroté y decidí enfrentar el dolor que tenía enfrente. Mi matrimonio estaba perdido y R empezaba a salir con alguien más. Sentí que me moría cuando me enteré. Sentí que no podría con tanto dolor, pero una vez más confirmé que de amor nadie se muere. La vida siguió para mí como sigue para todos los que tienen una pena que superar.

Estos textos que estoy publicando reflejan mi proceso personal de entendimiento con respecto a una infancia tóxica y su legado. Estoy convencido de que, sanando un pasado doloroso, alguien puede amar de manera libre y responsable. Tuve que reconocer las heridas que creía superadas por completo para explorarlas, entenderlas y sanarlas de verdad. Mediante estos relatos pretendo acompañarte para que entiendas por qué el legado de tus padres tóxicos no es algo de lo que puedas sacudirte con facilidad. Necesitas identificarlo, comprometerte contigo mismo para entenderlo y cambiar los pensamientos negativos que te dejaron y que te llevan a sentir emociones negativas y que te hacen actuar de manera destructiva hacia ti mismo y los demás. Al igual que en mi caso o el de R, ese volcán de sentimientos enterrados desde la infancia, cuando llegan a un momento crítico, saldrán de manera incontrolable y te confrontarán con una vida llena de pérdidas.

Mi historia no es inusual ni especial. A lo largo de mi práctica profesional como terapeuta, he atendido a pacientes con serios problemas de autoestima y de interrelación personal debido a que fueron golpeados por sus padres, fueron víctimas de burlas o de bromas pesadas por parte de ellos, sufrieron algún tipo de abuso sexual, tuvieron que cargar con una responsabilidad con la que no podían lidiar, o simplemente fueron sobreprotegidos al punto de haber sido castrados emocionalmente. Pocas personas pueden hacer una conexión entre sus padres y sus problemas actuales. Pocos pueden visualizar la magnitud del impacto entre la relación con sus padres y su vida interpersonal. Es un punto ciego común. En mi caso, sólo al enfrentar el dolor de mi niño interno pude sanar la herida de mi pasado y el impacto que tuvo en mi vida adulta. Fue hasta ahora a mis 30 años de vida que completé el rompecabezas y todo cobró sentido. Ahora más que nunca creo que por medio de un proceso serio de autoconocimiento, se pueden romper y cambiar los patrones destructivos de comportamiento. Y la terapia es una excelente herramienta para lograrlo. La terapia funciona pues no sólo busca aliviar los síntomas del paciente, sino sanar el origen de éstos.

Un buen proceso de autoconocimiento y de sanación implica dos cosas: cambiar el comportamiento autodestructivo aprendido en la infancia y que el paciente pueda desconectarse de los traumas del pasado. He tenido que aprender técnicas para el manejo de la ansiedad y el miedo al abandono; he tenido que aprender a manejar la frustración y el dolor emocional de haber tenido padres con una dinámica de relación disfuncional que me lastimó profundamente.

Nuestros padres siembran semillas emocionales y de pensamiento en nosotros. En algunas familias estas semillas son de respeto, amor, independencia. En muchas otras —como en la mía—, las semillas son de miedo, culpa y autocastigo. Si te identificas con el segundo grupo, si no puedes vivir en plenitud, si no te puedes relajar y no puedes ser auténtico, este blog está escrito para ti. Conforme has entrado a la adultez, estas semillas han crecido como enredaderas que han invadido tu vida y que no te dejan ser feliz. Como a mí, estas enredaderas emocionales de seguro han lastimado tus relaciones interpersonales, tu carrera profesional, tu autoconfianza y autoestima.

El objetivo de este blog y de mis escritos es que encuentres tales enredaderas y las arranques de raíz, para que te liberes y puedas vivir en plenitud tus diferentes proyectos de vida.

Éste es mi propio trabajo personal, y ahora quiero compartirlo contigo.

Con cariño, ANNGELBH